Lo que se cuece

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No somos de estar pegados a la televisión, porque el divorcio con nuestra infancia nos separó de ella, pero eso no quita que tengamos nuestras debilidades. Ayer se estrenaba en La Sexta la versión española de Pesadilla en la Cocina, con Alberto Chicote en vez de Ramsay, uno de nuestros programas predilectos.  Aparte de los adelantos que habían dejado caer con los momentos más destacados (ratón en lavavajillas, la chica de los tequilas, Alfredo llamando pijo a Chicote – le llamamos de tú porque Alfredo es ya como de la familia después de ayer, claro-, etc.) la cabecera ya prometía mucho.

El caso es, para no hacer un post que de pereza escribir y leer, que debéis ver el programa. Y lo debéis ver porque lo tiene todo sensacionalistamente hablando: insultos, faltas de respeto descaradas, lloros, trapos sucios, matrimonios, motivos para comer de tupper toda tu vida y lo único que te salva de sentirte culpable por ver un reality, el final feliz. Sin sexo, que sepamos, pero feliz. Y pensar que son personas al fin y al cabo. Que conste que nos encantó sin olvidar que el montaje te hace no diferenciar la realidad de la ficción (tener amigos en lo audiovisual ahorca a muchos de tus ídolos televisivos, es como si te sacaran de Matrix). ¿Los moteros eran contratados o eran hijos de la anarquía que se presentaron allí espontáneamente? Parte de nuestra redacción dice que lo eran; la otra parte dice “galileo, galileo”.

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