Ratasfari

Hay muchas leyendas urbanas sobre el subsuelo de Nueva York. Normalmente hemos oído las de los cocodrilos, las Tortugas Ninja, Futurama o Ron PerlmanLa realidad, seguro, es que hay unas ratas como el altar mayor de la catedral de Burgos, que paran los vagones del metro con el pecho. Como los jerezanos hacen con el Ave. Las ratas deben de tener extorsionado al ayuntamiento de Nueva York, que no levanta cabeza desde lo de los Cazafantasmas, porque los planes de desratización se quedan escasos. Tanto que se ha creado una web para llamar la atención sobre el problema, Rat Free Subways.

Han organizado concursos donde puedes mandar tus mejores fotografías de ratas en el metro y ganar un abono para todo el año, según lo asquerosa que sea la imagen. En las reglas del concurso se especifica que las ratas mutantes que saben cómo usar un móvil no pueden participar, por cierto.

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Cada vez que oigo a Wagner…

Hasta el próximo 6 de febrero, el museo de historia de Berlín alberga una exposición sobre la figura de Hitler y el nazismo.

La cosa está generando mucha controversia porque hay a quienes les parece mal que se le dedique una exposición a esta gente, pero los organizadores defienden que es una forma de entener el movimiento y cómo la sociedad alemana lo apoyó en su momento, cosa que no conviene olvidar. Aunque no estamos nosotros para juzgar a nadie, ya que confesamos haber visto esta semana Telecinco al menos en 3 ocasiones.

Hablando ya en serio, la exposición abarca detalles sobre Adolf como su comida favorita, que era la que le hacía todas las mañanas un teniente de las SS; qué tipo de calcetines compraba en Aldi para ir al campo o qué barbero le hacía ese bigote tan masculino que le ha copiado el cantante de los Killers.

Ahora que viene a cuento, y ya que no habría forma humana de meterlo en otra parte, sería interesante recopilar las cosas que se cambiaron de nombre o evitaron ser denominadas como alemanas en el periodo post-Hitler.

– La semana pasada leímos que el Gran Danés se empezó a llamar así para evitar llamarle Dogo Alemán por el rechazo que causaba, sin tener nada que ver con Dinamarca. ¿Conocéis algún ejemplo más?

– ¿La tortilla francesa sería alemana?

– ¿La puerta de Brandenburgos estaba originariamente en Burgos? ¿o en Johannesburgos?

– ¿Por qué las monjas recaudan dinero para el Dormunt, si es una ciudad alemana? ¿Es que las monjas alemanas no pueden pedir?

– ¿Por qué a todo el mundo le parece tan mal que Hitler fuese el tercer Reich, y a nadie le molesta que Juan Carlos de Borbón sea el primer Reich?

– ¿Es cierto que las dos Alemanias se reunificaron sólo para quedar más arriba en el medallero de los Juegos Olímpicos?

– ¿Por qué le pusieron resaca de nombre a una ciudad alemana?

– ¿Existe una mujer menos atractiva que Ángela Merkel?

Si tenéis respuesta a todas estas preguntas no es necesario que visitéis esta exposición ni ninguna otra, sois superdotados.

Por cierto que la comunidad judía de Israel en un acto conciliador, un concepto con el que están poco familiarizados, concretamente su Orquesta de Cámara, ha accedido a tocar una pieza de Wagner en el Festival de Música de Beirut.

Esta aversión viene porque Wagner era el compositor preferido de Hitler, ya que aún no existían Rammstein ni Scooter. Hombre, vale que no lo pongan en el hilo musical ‘Sigfrido’ el día del Yom Kipur pero creemos que se les está yendo el asunto de las manos. Qué morro. Vale que cada vez que le escuchas te entren ganas de invadir Polonia, pero normalmente no tienes los medios ni las ganas, y además, seamos sinceros, ¿quién escucha música clásica?

Un poco más alto, por favor

No entendemos por qué la mayoría de la geografía nacional se obceca en emplear un registro tan limitado de volumen, siempre centrado en hablar como si se hubieran tragado un megáfono. Después de un intenso trabajo de campo que nos ha llevado quince minutos, hemos comprendido que se trata de una enfermedad basada en una carencia de nacimiento (al final es verdad que no es culpa suya). Y estas son nuestras conclusiones:

En Noruega también había boceras

– Los individuos que carecen de un modulador natural de volumen, lo que les lleva a hablar el 80% de las veces “muy alto”, también nacen con una deficiencia denominada “falta de sentido de la oportunidad“. Pueden hablar en un hospital al mismo volumen que si estuvieran bebiendo calimocho en los San Fermines. Por cierto, que invento más malo el calimocho, qué aportación más errónea a la historia de la humanidad. Se acentúa al traspasar las fronteras de su barrio, ciudad y país de origen. Los reconocerás gritando por las calles de Burgos, Hamburgos o Luxemburgos sin ningún problema.

– Estos personajes también carecen de la capacidad de reconocer desinterés de su interlocutor por su persona y sus palabras. Bajo su punto de vista su interlocutor es todo el mundo. The Whole World. Bajo el punto de vista de The Whole World su interlocutor no es nadie.

– Deberían emitir videos de Gala hablando bajito de madrugada, en vez de tanta mierda de concursos de llamaditas con preguntas absurdas.

El póster del ambulatorio: terriblemente eficaz

– Los individuos que, bien en compañía, bien a través de dispositivos móviles, hablan a volumen brutal, suelen establecer primero un contacto visual con quienes le rodean, para estar seguros de ser escuchados. Acto seguido, comienzan a emplear frases relativas a distintos ámbitos de la vida que ellos suelen percibir como “grandes verdades”, “tremendamente graciosas” o “frases que me definen como una excelente  persona”. Sin embargo, tras diversas encuestas hemos encontrado que aquellos individuos que nacen sin esta tara, definen esas mismas frases como “irritantes”, “no comprendo cómo se puede usar la palabra polla tantas veces en tan poco tiempo” o “frases que le definen como un auténtico cretino” (bueno, lo de cretino no es real, nadie utiliza esta palabra salvo en las películas).

– Los seres que hablan alto de forma habitual se consideran a sí mismos extrovertidos y alegres. El resto de la humanidad les considera cansinos e individuos con una fuerte necesidad de llamar la atención.

Lo peor es que la carencia puede también desarrollarse si la persona afectada se somete a un entorno hostil durante un periodo prolongado de tiempo o, simplemente, se toma dos copas. Nosotros somos de esos. De los hostiles. De hecho hostil viene de hostia.

Desafortunadamente es muy complicado que el enfermo reconozca sus problemas y suele reaccionar siendo verbalmente ofensivo. En el mejor de los casos reacciona con prudencia (“perdonad, que no me doy cuenta”) o acusa a terceros del problema  (“yo no hablo alto, es que este sitio tiene mucho eco y por eso mi voz se proyecta tanto”-verídico). Nosotros, por supuesto, jamás hablamos alto. Imbécil quien opine lo contrario.

Desde aquí aprovechamos para puntualizar que, contrariamente a lo que se suele creer, que una persona hable alto sin motivo aparente no tiene que ver con el sexo, la edad ni muchísimo menos con el barrio del que uno venga. Salvo que venga de un barrio chungo, claro.